miércoles, 12 de septiembre de 2007

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miércoles, 8 de agosto de 2007

Árbol castillo

Desde que era niño me fascinaron los árboles grandes y frondosos, y sobre todo los que tienen un tronco grueso, como el de la foto. ¿Por qué? Realmente no lo sé… quizás es por lo que representan: grandeza y respeto.
Esta foto, particularmente, no me causa nada en especial, a pesar de que efectivamente es una foto especial. Claro, tiene la forma de una cara en su frondoso forraje. Aún así, nada.

Me hace imaginar cosas, como por ejemplo, una persona que usa el cabello corto y puntiagudo, y que mira en busca de algo que no logra recordar, o que piensa en algo que no puede recuperar.

Más allá de lo que el árbol en sí hace en la fotografía, veo su paisaje. En fotos de este tipo, que llaman la atención por cosas como ésas, se pierden el resto de los elementos como el paisaje que se ve atrás. Un pasto impecable, casi virgen, que me gustaría pisar y recorrer a pie descalzo, y un cielo aparentemente sin contaminación, quizás la razón de tanta vegetación verde.

Esos mismos paisajes me recuerdan algo mucho mejor aún para mí: castillos de la edad media. Creo que uno de los sueños que me gustaría realizar algún día es viajar y recorrer el globo visitando uno y cada uno de todos los castillos más importantes de la edad media, como el
Quedlinburg, en el Estado de Sajonia-Anhalt.

Cuando en el colegio pasamos historia de los castillos feudales, realmente me volví adicto a la arquitectura feudal. Me enamoré de esos castillos gigantes, como de cuentos, pero que de verdad existieron y fueron llenados de vidas por reyes, aristócratas y plebeyos, además de esclavos, que hacían sus vidas dentro de 4 muros enormes que conformaban la ciudad. Y el castillo, símbolo de poderío.

Si tuviese la posibilidad alguna vez de volver al pasado, no lo dudaría dos veces y volvería alrededor del año 1150, plena época feudal y una de las más valiosas para mí en cuanto a arquitectura. Me asombra que después de casi 1000 años, cientos de majestuosos y formidables castillos, edificios y monasterios sigan en pie, lo que demuestra que no por ser antiguos son malos.

Cuando tenga mucha plata, trabajando como periodista, (sí, claro) viajaré a Francia y Alemania sólo a visitar estos lugares y si puedo, dormir en hoteles que han hecho en estos mismos, aprovechando los cientos dormitorios que tenían. ¡Qué envidia por quienes viven allá!